El calor de Tequila, Jalisco

Vulcano, el dios romano del fuego, dio nombre a los volcanes. Éstos generaron en el ser humano, un imaginario asociado al asombro, el temor y la fertilidad. Demonios y dioses se enfrentan, en la creación de mitos y leyendas, en torno a los volcanes. La tierra que tiembla y se abre, las erupciones con lava y proyectiles de fuego, el rugir de las entrañas de la tierra, las nubes de ceniza, disputan -en el hombre- con el aprecio a: manantiales y ríos, los más fértiles valles y el sentir que la vida está ligada a estas montañas de fuego.

Ofrendas y hasta sacrificios humanos han perseguido -en el pasado- apaciguar los poderes destructores del volcán; los asentamientos en valles volcánicos confirman el homenaje a sus dones. Deidades de temor y de bondad, los volcanes parecen resumir el equilibrio vital entre las fuerzas del bien y del mal.

El volcán de Tequila se eleva 1,500 metros desde su base y 3,000 metros sobre el nivel del mar. Es uno de los 600 volcanes que pueblan Jalisco y que forman parte del Sistema volcánico transversal. Tal vez porque se extinguió hace 220 000 años, no existen evidencias de ritualidades ni sacrificios en su nombre. La memoria colectiva asegura un sentimiento místico y reverencial a su presencia.

Basaltos, obsidianas, suelos rojos ricos en hierro y tierras pedregosas son el sustento de su rica y diversa flora. En la base de la montaña proliferan los enebros; ascendiendo, los encinos; en el cráter, los cedros; en el bosque nubloso, los primeros árboles -70 millones de años- con flores: magnolias. Numerosas especies, como pinos, hongos y helechos, completan el paisaje. En sus ondulaciones volcánicas  ceborucos, el manto azul del agave anuncia el milagro del tequila. De su fértil entorno emerge la Civilización Teuchitlán, con su prodigiosa cerámica, sus tumbas de tiro y su monumental arquitectura circular.

La fauna del volcán reúne numerosos insectos y aves, reptiles como la serpiente cascabel y mamíferos como el venado, la zorra, el murciélago -agente de fecundidad del agave-  y el gato montés. El viajero que se acerca al volcán por el poniente, observa el perfil de un águila con las alas desplegadas; el que se acerca por el oriente, percibe la silueta de un seno de mujer, con su tetilla enhiesta. Mirando al atardecer su mágica cumbre, puede repetir los versos del poeta maldito de Tequila, Miguel Othón Robledo: De los espacios fríos, de sol pálido dejo/ alumbra débilmente la luz de tu tocado, / con más oros y joyas que tiene el astro viejo, / volcán hipnotizado.

¡Agradecemos a Carlos Eduardo Gutiérrez Arce por el artículo!

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